| Adviento 08 |
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| escrito por P. Raúl Duarte Castillo | |
| lunes, 15 de diciembre de 2008 | |
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Adviento 08
Voy a proponer una serie de pensamientos que se refieren al valor de la Palabra de Dios en la vida de todo cristiano. Trataré de ser fiel a lo que se dijo tantas veces sobre la lectura atenta de la Palabra y sobre su fuerza. Me inspiraré en el anuncio hecho por los padres sinodales de la iglesia. Voy a tomar las palabras que empleó este anuncio: voz, rostro, casa, camino.
VOZ Al principio, cuando no había nada, entonces la palabra creó, con su fuerza vino la creación: "Como primicias Dios creó el cielo y la tierra". Ésta estaba completamente desordenada y totalmente a oscuras. El soplo divino planeaba sobre la superficie de las aguas. Entonces dijo Dios: que exista la luz... "Gen 1,1-3. "Al principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios... Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada" Jol, 1.3. "Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos, por el aliento de su boca todos sus ejércitos, pues él habló y así fue, él lo mando y se hizo Sal 33, 6.9. San Pablo repetirá: "Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean" Rom 4,17. Así para el autor, el Sacerdotal, la creación es la primera manifestación del poder de la Palabra. Ésta es esencialmente creadora. Israel había experimentado en su historia, la fuerza de la Palabra a través de la salida de Egipto y las otras salidas o salvaciones, donde con la sola Palabra, Dios los había liberado. Aunque para ellos la salida de Egipto era, digamos, su principio fundador como pueblo, la creación era la manifestación más potente del poder de la Palabra divina. Habituados a dirigirse por el oído y no por la vista en sus decisiones fundamentales, se tiene en la creación una primera revelación "cósmica" que convierte lo creado en una inmensa pagina abierta ante toda la humanidad, donde se puede leer el mensaje del Creador: "Los cielos cuentran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos; el día al día comunica el mensaje, la noche a la noche le pasa la noticia. Sin hablar y sin palabras, y sin voz que pueda oírse, por toda la tierra resuena su proclama por los confines del orbe" Sal 19, 2-5. El pueblo de Dios se había encontrado la Palabra divina en la historia humana. Como el ser humano que antes de nacer está en las tinieblas del seno materno, Israel se encontró en la oscuridad de la esclavitud, una situación que no dejaba otra salida que la muerte. Dios entonces oyó esta angustia mortal: "He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto. He escuchado el clamor... conozco sus sufrimientos. He bajado para librarlos de la mano de los Egipcios y para sacarlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa..." Ex 3,7-8. Dios los salva dando fuerza la a las palabras del tartamudo Moisés para que sus palabras puedan convencer al faraón y otorgue el permiso de ir al monte sagrado en peregrinación. En Sinaí, Dios creó con su palabra de alianza a la comunidad, a la asamblea de Israel: Moisés les recuerda: "El Señor les habló desde el fuego, y ustedes escuchaban el sonido de sus palabras, pero no percibían ninguna figura: sólo se oía la voz" Dt 4,12. No se manifestó el Señor, como esperaba Israel, como una imagen o una efigie o una estatura similar al becerro de oro, sino con "rumor de palabras". Está la Palabra divina al principio del ser y de la historia, de la creación y de la redención. El hombre se rebelará, queriendo salvarse por sí mismo. Se empeñará por construir distintos medios de salvación, pero siempre se encontrará el vació y la esclavitud. Los profetas le enseñaran que la única palabra que salva es la divina, no la de los dioses hechos por mano humana, producto de la artesanía, de los deseos egoístas humanos. El Señor sale al encuentro de la humanidad proclamando "Lo digo y lo hago" Ez 37,14. Esta palabra viva y fresca pronunciada, tuvo una etapa posterior, al hacerse letra escrita: la Graphé o Graphai, Las Sagradas Escrituras, como se dice en el Nuevo Testamento. Moisés había descendido del monte santo llevando "Las dos tablas del testimonio en su mano, tablas escritas por ambos lados; por una y otra cara estaban escritas. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas".Ex 32, 15-16. Por esta razón mandará a Israel que conserve y escriba esas Tablas de Testimonio": "Y escribirás en esas piedras todas las palabras de esa ley. Grábenselas bien". Dt 27,8.
Las Sagradas Escrituras son el "Testimonio", la forma escrita de la palabra divina, son el memorial canónico, histórico y literario que atestigua el evento de la Revelación creadora y salvadora. La palabra de Dios precede y excede a la Biblia, si bien esta "inspirada por Dios" y contiene la Palabra divina eficaz (2 Tim 3,16). Por esto nuestra fe no tiene en el centro solo un libro sino una historia de salvación y, como veremos una persona, Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne, hombre, historia. Como el horizonte de la Palabra divina abraza y se extiende más allá de la escritura, es necesaria la constante presencia del espíritu Santo que, "guía hasta la verdad completa" Jo 16,13 a quien lee la Biblia. Es esta la gran Tradición, presencia eficaz del "Espíritu de verdad" en la Iglesia, guardián de las Sagradas Escrituras, auténticamente interpretadas por el Magisterio eclesial. Con la Tradición se llega a la comprensión, la interpretación, la comunicación y el testimonio de la Palabra de Dios. San Pablo al proclamar in nuce el primer Credo cristiano dijo que él "trasmitió" lo que él a su vez había recibido de la Tradición 1 Cor 15,3-5.
Jesús es "la Palabra que está junto a Dios y es Dios" Jo 1,1; es "imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación" Col 1,15; Jesús es la Palabra. No sólo nos dijo palabras que hablan de él y del Padre, sino que toda su persona es Palabra, manifestación y comunión del Padre. Palabra que suena en la historia y al sonar manifiesta sentido y permite comprender. Palabra densa que busca desparramarse y ensancharse en muchas palabras. En el orden antológico, primero es la Palabra y después las palabras que la dividen y estructuran. Sucede como en los libros. El titulo condensa todas las partes, aunque cronológicamente, primero son las partes que el todo que se comprime en el titulo. Como dice la carta a los hebreos: "En distintas ocasiones..." Hb 1,1-2. Pero también esta Palabra es Jesús de Nazaret que recorrió las calles de Nazaret, viajó por los ranchos y puertos de baja Galilea y habló en el Templo de Jerusalén, que hablaba la lengua local, que tenía los rasgos de judío y de su cultura, que trabajaba, se cansaba y se divertía. Un Jesús que era frágil y moral, que se enfermaba y cansaba, en una palabra, un Jesús que es historia y humanidad, pero también es gloria, divinidad y misterio. Es el que nos reveló al Dios que nadie nunca ha visto. El hijo de Dios sigue siendo el mismo aún en el cadáver depositado en el sepulcro y la resurrección es su testimonio vivo y eficaz. La tradición cristiana ha propuesto en paralelo la Palabra que se hace carne y la Palabra que se hace libro. Así nuestro Credo dice que "por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen", pero también se confiesa la fe en el "Espíritu Santo que habló por los profetas". Lo mismo dice el concilio Vaticano II "Las Palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres" DV 13. La Biblia es "carne", "letra", se expresa en lenguas particulares en formas literarias e históricas, en concepciones ligadas a una cultura antigua, guarda la memoria de hechos a menudo trágicos, sus páginas están surcadas no pocas veces de sangre y violencia, en su interior resuena la risa de la humanidad, fluyen las lagrimas, así como se eleva la súplica de los infelices y la alegría de los enamorados. Debido a esta dimensión "carnal", exige un análisis histórico y literario, que se lleva a cabo a través de distintos métodos y enfoques ofrecidos por la exégesis bíblica. De aquí que cada lector debe tener en cuenta este aspecto carnal de la Escritura, para poder tocar su sentido. Si se excluye esta dimensión, se cae en el fundamentalismo, que niega en la práctica la encarnación de la Palabra divina en la historia; no reconoce que esa palabra se expresa en la Biblia según un lenguaje humano que tiene que ser descifrado, estudiado y comprendido, e ignora que la inspiración divina no ha borrado la identidad histórica y la personalidad propia de los autores humanos. Sin embargo, también la Biblia es Verbo eterno y divino y por tanto, exige otra comprensión dada por el Espíritu Santo, que revela la dimensión trascendente de la Palabra divina presente en las palabras humanas. Se necesita por lo mismo la "viva tradición de toda la Iglesia" DV 12 y de la fe para comprender unitariamente y plenamente la Sagrada Escritura. Si nos quedamos sólo en la letra, convertimos a la Biblia en un libro antiguo que requiere interpretación humana, pero como todo libro humano, en lo humano se queda. Si se evita la letra, se cae en un equívoco fundamentalista o en un vago espiritualismo o psicologismo. Por esto el método histórico crítico se tiene que enlazar con la tradición espiritual y teológica para que se llegue a la unidad de la Palabra o a Jesús, hombre y Dios. Así brillará el rostro de Jesús, el Icono, que refleja la humanidad y la divinidad y que ayudará a descubrir la unidad de las Sagradas Escrituras, el hecho de ser en realidad, 73 libros, que incluyen el único cánon, en un único diálogo entre Dios y las humanidad, en un único designio de salvación: Hb 1,1-2. él es el "Alfa y Omega" Ap 1,8. Da el sentido como lo hizo con los discípulos Meaux. Lc 24. LA CASA Como la sabiduría había construido su casa en siete columnas Prov 9,1 así en el NT la Palabra de Dios tiene una casa: es la Iglesia que posee su modelo en la comunidad madre de Jerusalén, la Iglesia fundada sobre los apóstoles con Simón como su piedra o Kefá y ahora en sus sucesores apostólicos: los obispos. Lucas en Hch 2,42 nos da un esbozo de su arquitectura, fundada en cuatro columnas ideales, que son válidas para el día de hoy: "Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones". Primero, la Didajé apostólica: la predicación de la Palabra de Dios. Pablo dice que "la fe por lo tanto, nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo" Rom 10,17. Desde la Iglesia sale la voz del mensajero que propone a todos el kérigma, es decir, el anuncio primario y fundamental que el mismo Jesús había proclamado al principio de su predicación: "El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca. ¡Arrepentíos! Y creed en el Evangelio" Mc 1,15. Siguiendo su ejemplo y su mandato, los primeros discípulos anunciaron ya la inauguración del reino de Dios, la intervención decisiva de Dios en la historia, proclamando la muerte y resurrección de Cristo: "En ningún otro hay salvación, ni existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos salvarnos" Hch 4, 12.
El cristiano da testimonio de su esperanza: "háganlo con delicadeza y respeto, con tranquilidad de conciencia", conscientes de que serán tal vez arrollados por la perfección, conscientes de que "es mejor sufrir por hacer el bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por hacer el mal". 1 Pe 3,16-17. El anuncio, la catequista y la homilía suponen la capacidad de leer y de comprender, de explicar e interpretar implicando la mente y el corazón. En esto hay un doble movimiento: uno que remonta hacia los orígenes de los textos sagrados para comprenderlos en su significado y mensaje, y otro, hacia el presente, a la actualidad vivida por quien escucha y lee a la luz de Cristo que es el hilo luminoso que une las escrituras. Jesús obró asi con los discípulos de Meaux. Así obró el diácono Felipe con el eunuco de Etiopía. La meta: el encuentro con Cristo en el Sacramento. Es la segunda columna. En la fracción del pan. La escena de Meaux, es la misma escena que debe suceder en nuestras homilías... Es el momento íntimo del diálogo de Dios con su pueblo, es el acto de la nueva alianza sellada con la sangre de Cristo: Lc 22,20 ... fuente y cumbre de la vida y misión de la Iglesia. Por esto dijo el Concilio Vat II. "La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor", no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del cuerpo de Cristo DV 21. y La SC 56: Se debería poner en el centro de la vida cristiana. "La Liturgia de la Palabra y la Eucaristía que están tan íntimamente unidas de tal manera que constituyen un solo acto de culto". La tercera columna del edificio de la Iglesia, la casa de la Palabra, está formada por las oraciones, "entrelazadas por salmos, himnos, alabanzas espontáneas" Col 3,1. Un lugar privilegiado lo ocupa la Liturgia de las horas, la oración por excelencia de la Iglesia, destinada a marcar el paso de los días y de los tiempos del año cristiano que ofrece, sobre todo el Salterio, el alimento espiritual cotidiano del fiel. Vienen las celebraciones de la Palabra, la tradición ha puesto en práctica la Lectio divina, lectura orante en el Espíritu Santo, capaz de abrir al tesoro de la Palabra de Dios y al encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente. Esta consiste en la lectio, conociendo del texto, responde la pregunta: ¿Qué le dice el texto bíblico en sí?; la Meditatio, la pregunta ¿Qué nos dice el texto bíblico? Así se llega a la oratio que supone una pregunta: ¿Qué le decimos al Señor como respuesta a su Palabra? Reconcluye con la comtemplatio, donde con la misma mirada de Dios juzgamos la realidad y nos preguntamos ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? Se puede poner la figura de María o la de María que se sienta a los pies de Jesús Lc 10,38-42. Finalmente tenemos la cuarta columna: la koinonía, la comunión fraterna, otro de los nombres del ágape, del amor cristiano. Como decía Jesús, "para sernos de sus hermanos se necesita ser" los hermanos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" Lc 8,21. Se trata del único mandato que dejó el Señor como distintivo: "Lo que les mando es que se amen los unos a los otros" Jo 15, 17. Jesús les decía: "No todo el que me dice Señor Señor..." Mt 7,21 Así lo entendió Pablo y por eso nos ofreció en la primera carta a los corintios una descripción detallada de esta koinonía: 1 Cor 13,4-8. Esta Palabra debe ser visible y legible en el rostro y manos del creyente, como decía San Gregorio Magno. El cristiano no sólo explica las Escrituras, sino que las despliega frente a todos como realidad viva y practicada. San Juan Crisóstomo decía que los apóstoles descendieron del monte de Galilea, donde habían encontrado al resucitado, sin ninguna tabla de piedra escrita como sucedió con Moisés, ya que desde aquel momento, sus mismas vidas se convirtieron en el Evangelio viviente. |
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| Modificado el ( miércoles, 17 de diciembre de 2008 ) |
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